UNA PANDEMIA GLOBAL ES UNA OPORTUNIDAD

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PARA EL CAMBIO GLOBAL, PARA UN CAMBIO RÁPIDO Y EFECTIVO HACIA UN MUNDO MEJOR.

La pandemia que estamos experimentando es temporal, incluso si algunas personas están deprimidas y no ven la luz al final del túnel. Pasará a la historia como lo hicieron todas las pandemias anteriores. Sin embargo, el cambio que podría traer puede ser duradero. Puede ser un cambio para mejor, o un cambio para lo peor.

Hacer que sea un cambio para mejor, es una oportunidad que no podemos dejar pasar.
Estamos en medio de una “bifurcación”, el proceso que los científicos llaman una bifurcación repentina en la trayectoria evolutiva de los sistemas dinámicos complejos. Estamos viviendo el cambio global de sistemas que hemos discutido y anticipado durante años. Hemos aprendido algunas cosas sobre tal cambio. Es unidireccional, no se puede revertir. No está predeterminado: permite elegir, es decir, en una bifurcación podemos elegir el camino a seguir. Esto significa que, por primera vez en la historia, podemos elegir consciente y decididamente nuestro destino. Este podría ser un destino brillante: El amanecer de una nueva era de sensatez y florecimiento. Dependerá de nosotros, y solo de nosotros.

La bifurcación crea crisis y toda crisis, es peligro y oportunidad a la vez. De cualquier manera, es un preludio del cambio. El desafío es elegir el cambio que conduzca a un mundo sano y floreciente. Esta es una oportunidad real pero no recurrente. No aprovecharla significa no solo regresar a donde hemos estado, lo que no es posible en ningún caso, sino enfrentar la perspectiva de nuestra desaparición colectiva. Porque si no logramos cambiar durante la bifurcación desencadenada por la pandemia, nos abrimos a la próxima crisis y es probable que sea igualmente global, aunque no necesariamente tan temporal. Los procesos insostenibles que hemos creado podrían alcanzar puntos de inflexión fatídicos. O bien, evolucionamos en este planeta, o dejamos esta etapa de la historia. Esta es una lección que hemos aprendido en el nivel de la teoría. Ahora lo estamos enfrentando en la práctica.

Extraña y aparentemente paradojal, la pandemia es una bendición disfrazada. Nos hizo darnos cuenta de que somos una familia global única: un sistema de vida interdependiente y co-evolutivo o co-participativo. Si no hacemos uso de la oportunidad de cambio actualmente otorgada, nos exponemos a una gran cantidad de crisis futuras. ¿Qué crisis vendrá luego? ¿Millones muriendo de hambre y penuria, a través de epidemias y actos de violencia, llevándose a millones más con ellos? ¿Hordas de refugiados desplazados, desgarrando el tejido de más sociedades cada vez? ¿Sequías que convierten la tierra fértil y verde en áridas llanuras? ¿Aumento del nivel del mar inundando un tercio de las viviendas humanas del planeta? ¿Tormentas violentas que destruyen hogares de ricos y pobres? ¿Conflictos locales que se intensifican en guerras regionales y se convierten en una confrontación nuclear global?

No es posible volver a los negocios como de costumbre, a las normas y prácticas, los valores y suposiciones del pasado reciente, ya que esto sería suicida. Hay otro camino abierto para nosotros al que podemos ingresar: el viejo mundo ahora está desestabilizado. Los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales que han enmarcado nuestra vida son sacudidos hasta las raíces. El cambio disruptivo es un preludio del cambio fundamental, ya sea constructivo o destructivo.
Aquí hay una lección que debemos aprender. No entraremos en el camino del cambio constructivo si estamos temiendo lo contrario. John Kennedy lo dijo hace décadas: no tenemos nada que temer sino al miedo mismo. Expresado en forma constructiva, tenemos buenas razones para esperar cuando lo hacemos firmemente, con confianza y coraje. Y cuando creemos en nuestro poder para lograr eso que esperamos.

¿Qué es lo que necesitamos hacer? Está claro que necesitamos pensar de manera constructiva, atrevernos a esperar y animarnos a seguir nuestra esperanza. Pero también debemos actuar de manera diferente; actuar como si fuéramos parte de la red de la vida en el planeta. Porque somos eso, incluso si la mayoría de nosotros no nos damos cuenta ni actuamos así. Estamos dañando al planeta y a nosotros mismos. Hacemos caso omiso de la unidad de la vida. Tenemos que pensar de manera diferente. No es “nuestra gente, nuestra nación primero”, ni siquiera toda la humanidad primero. Es la esfera de la vida primero, ya que existe y evoluciona en la Tierra. Cuando esa esfera está sana y salva, estamos sanos y salvos. Por lo tanto, luego prosperamos en lugar de luchar crisis tras crisis.

Así como nuestro cuerpo está sano cuando está completo, el cuerpo de la humanidad también está sano cuando está completo, cuando abarca y valora todas las cosas y todos los seres con los que compartimos este planeta. Sabemos esto y siempre lo hemos sabido. En el mundo moderno hemos suprimido este conocimiento, en una lucha sin sentido por la satisfacción inmediata a través del dinero y el poder.

Hemos utilizado todo lo posible para lograr nuestros fines, desarrollando enormes medios en forma de tecnologías de energía e información. Hemos utilizado estas tecnologías de manera irresponsable, sin tener en cuenta las consecuencias. Como resultado, estos recursos responden a nuestros deseos a corto plazo, pero son indiferentes a nuestras necesidades a largo plazo.

Las tecnologías ahora están dando forma al mundo. Esta es una condición peligrosa: podría conducir a una amplia variedad de “daños colaterales”. Incluso a la creación de organismos cuasi-vivos como los virus malignos.

Debemos asegurarnos de que nuestras tecnologías sean seguras y que satisfagan nuestras necesidades. Esto significa lograr un equilibrio saludable que permita que la vida en la Tierra prospere en armonía. Es una tarea monumental, pero al abordarla no necesitamos confiar únicamente en la racionalidad estrecha de nuestras autoridades e instituciones. Nuestra guía real no viene de arriba y más allá, viene de adentro y desde las bases. Es la guía derivada de nuestro sentido de quiénes somos y cómo nos relacionamos entre nosotros y con la naturaleza. La autoridad que podemos y debemos seguir, es profunda y sabia. Es nuestro propio ser más profundo. Al ser parte de la red de la vida, cualquier fuerza o ímpetu forma e informa que la red está “en” nosotros, está en nuestra mente consciente y subconsciente. Es posible que en lo más profundo sepamos que la vida en la Tierra no es una jungla donde sobreviven los más fuertes, sino un sistema de armonización mutua, guiada por la empatía, el sentido de pertenencia y el amor incondicional. Hoy esto no es solo lo que nos dicen los profetas religiosos y los maestros espirituales; esto es lo que dicen los físicos cuánticos, los biólogos y los psicólogos transpersonales.

La guía de nuestro ser interior es confiable, mucho más confiable que la búsqueda decidida de riquezas y poder. Somos seres sociales, y podemos expresarlo en nuestro comportamiento. Expresarlo es bueno para el mundo y bueno para nosotros. Vivir en armonía con los demás y con la naturaleza es más saludable, más feliz y más gratificante que perseguir satisfacciones egoístas a corto plazo.

Hay una nueva línea de fondo con respecto a nuestra vida y destino. Ahora podemos tomar el comportamiento de nuestra vida y la orientación de nuestro destino en nuestras propias manos. Podemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo. En una bifurcación global, somos dueños de nuestro destino. Debemos darnos cuenta y ponerlo en práctica. Nuestra salud, nuestro bienestar, nuestra supervivencia depende de ello.

Podemos agradecer a la pandemia por abrir el camino a una transformación global. Ahora podemos crear un mundo mejor, un mundo que esté a la altura del poder y el potencial del espíritu humano. Cuando la pandemia termine y pase a la historia, crear un mundo mejor será nuestro trabajo en esta época. Nunca ha habido una tarea más emocionante e importante en la historia.

By: Ervin Laszlo

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